El texto de Gramsci me parece excelente, pero la palabra odio no parece feliz en un contexto político. Es cierto que la fuerza opernte e inoperante de la indiferencia mueve y promueve inequidades, pero la palabra odio constituye un generador semiótico de violencias que poco puede aportar al entedimiento y al logro de consensos para una realidad sociopolítica más digna.
Podría jugar un juego: buscar un significante alternativo que diga lo que puede y quiere decirse sin usar el vocablo odio. Y quizás ese juego sea posible si entendemos que los vocabularios evolucionan según nuestras necesidades.
En esa evolución, Odio es un vocablo que difícilmente pueda contribuir a zanjar diferencias y buscar acuerdos menos violentos para hacer extensiva una visa mejor a aquellos que hoy padecen las inequidades de la existencia pública
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